De la mano de Dios hasta la cumbre del Everest
Existen momentos en la vida en los que uno se
enfrenta a la inmensidad de la creación y, en esa
vastedad, reconoce la presencia de Dios en todo lo
que nos rodea. Para mí, esa experiencia ocurrió en las
alturas, allí donde el aire es escaso y la montaña
parece tocar el cielo. Decidí emprender este viaje al
Everest con una convicción renovada y una fe
fortalecida, inspirado por el testimonio de aquellos
que, en tiempos antiguos, también ascendieron
montes en busca de la voz de Dios. Como Abraham,
Moisés y nuestro Salvador: Jesús, que se acercaron a
la montaña no solo como un lugar de sacrificio o
prueba, sino como un espacio de encuentro sagrado,
subí a esta cumbre con la certeza de que cada paso
me llevaría a una comunión más profunda con Él.