La república de los cines
Ir al cine. Durante el siglo XX, ése fue el gran rito laico de la sociedad, tan importante en la gran ciudad capital como en la ranchería; en la primera, empezaba con la elección de la película, del horario, el o la acompañante y el desahogo posterior; en la segunda, es el acto excepcional que convocaba a la comunidad en pleno para pasmarse ante la intrepidez del héroe intercambiable. Ir al cine es un milagro de movilización en estos tiempos de aislamiento y encierro en la sala de la casa ante el televisor o en el estudio ante la computadora, pero durante décadas apenas tenía que picar la curiosidad de la masa enamorada de la pantalla; desde que el primer espectador se fascinó con las imágenes del cinematógrafo Lumière, ir al cine fue la garantía de una ganancia en la vida; uno saldría invariablemente distinto, enriquecido emocionalmente tras el contacto con la película.